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BIOGRAFÍA  DE VITTORINO CHIZZOLINI

Como Giovanni el Battista
Aceptó entrar en la sombra y en el silencio
Con tal que Cristo refulgiera y hablara a los corazones

Carlo Manziana

 

LOS PRIMEROS AÑOS: “ESCUELA FORMATIVA” (1907-1935)

Vittorino Chizzolini nació en Brescia el 3 de enero de 1907, hijo de Elisa Cominassi y Vittorio, un herrero originario de Alone de Casto, localidad de la Val Sabbia, especializado en la forjadura de vallas, rejas  y portones metálicos, que realizaba junto a sus hermanos en el taller que estaba situado en la esquina entre Via XX Settembre y Via Ferramola. Acabada la guardería S. Giuseppe y la escuela de enseñanza primaria “Sorelli” y “Nicolini” fue inscrito  en la escuela técnica municipal “Benedetto Castelli” en Brescia, frecuentándola  maduró en él la vocación de llegar a ser profesora. El prefirió esta profesión al ejercicio del antiguo oficio de su familia.
En 1921 el joven consiguió la licencia técnica y decidió inscribirse enseguida en la  Escuela Normal en Crema, para conseguir la capacitación magistral ya que en Brescia la escuela”Veronica Gambara” era exclusivamente para mujeres.
Con 17 años en octubre de 1923, después de haber transcurrido dos años lejos de su ciudad viviendo  con el sacristán de la iglesia de S. Maria Stella, Crema,  Vittorino pudo apuntarse al “Gambara”, porque después de la aplicación de la Reforma Gentile se había transformado en “Instituto Magistral”; frecuentó aquí el ultimo año y en  julio de 1924  realizo los examenes de capacitación magistral en el Instituto “Carlo Tenca” en Milán, aprobados con nota total de sesenta y dos /ochenta.
Durante el año escolar 1924/25 cumplió el encargo como asistente de alumnos en la escuela de primera enseñanza del colegio bresciano “Cesare Arici” , de la orden  de los Jesuitas, experiencia que lo convenció  a seguir y profundizar los estudios pedagógicos ya que el  5 de agosto 1925 Vittorino envió una carta al padre Agostino Gemelli, fundador de la Universidad Católica, para expresarle su íntima aspiración de ser admitido al Instituto Superior de Magisterio “Maria Immacolata” en Milán. En aquellos tiempos el acceso estaba reservado a estudiantes mujeres. De la lectura de algunas líneas de la conmovedora misiva es posible entender el ideal que Chizzolini  va a perseguir durante toda su vida: la educación cristiana de los chicos.

“Rev.mo Padre Agostino Gemelli”

soy un joven de dieciocho años y soy maestro desde hace un año: desde que conocí  la Universidad del S. Cuore, en los primeros años de su vida; junto a  la admiración por la magnifica institución nació en mi alma una esperanza confusa: poder ser un día alumno, aunque mis estudios no pudieran preparme para esto.
Con la apertura del Instituto Superior del Magisterio el camino estaba abierto también para mí. Un día leí que ya no se admitían más inscripciones de hombres. Yo era todavía un estudiante pero lo sentí mucho como si el grande ideal,seguido con tanto amor se hubiera derrumbardo para siempre. No me lo pude creer  pero más tarde se presentó otra vez la esperanza alimentada por  un vivo deseo.
Aprobado el examen de capacitación en Milán, ya que mi familia quería que me concediese un año de tregua  y yo no tenía la edad suficiente para ejercitar mi oficio entré en el local Colegío Cesare Amici de los R.P. Jesuitas, donde he transcurrido un año feliz  ocupándome activamente de las escuelas y de los chicos.
Ser maestro y dedicar  todo a la educación de los pequeños ha sido siempre mi supremo ideal; por él he sacrificado la antigua  empresa de mi padre, que  yo habría tenido que dirigir ya que soy hijo único. El proximo año podría empezar mi vida de enseñanza: pero pienso que podré hacer lo  mejor cuando tenga  una preparación más amplia de conocimientos y de espíritu: me acuerdo del Instituto de Magisterio del U. y la gran esperanza se enciende.¿ Están cerradas definitivamente para mí sus puertas ? ¿Tendré que  renunciar a seguir el camino para el cual he sentido como la llamada de una vocación ?
Así en estos días pensaba, en todo esto,  con una profunda amargura en el corazón, cuando me llegó la Revista de los Amigos del mes de julio: su invitación tan alta, tan profunda, me dá la intrepidez de escribirle y de rogarle ardientemente: Padre, me reciba como alumno suyo, pero entre los hijos más devotos.
Sería mi intención frecuentar el curso trienal  para la dirección didáctica, y después continuar los estudios de filosofía y de pedagogía.
Yo sé que otros chicos frecuentan el Instituto porque yaestaban matriculados:si  la intención es que sea solamente femenino dejaré  la escuela después de los primeros dos años.
Del examen de admisión, el látin me preocupa mucho, este año me he propuesto aprobarlo: por eso me aplicaré con todas mis fuerzas durante estos meses. Pongo toda mi confianza en la asistencia de aquel Dios que es letizia de mi juventud.
Espero mucho y ruego: Padre...
Espero una palabra suya”

Quizás también después de esta afligida carta, durante la primavera de 1926 la autoridad académica de Milán estableció la modificación de los Estatutos para permitir también a los varones la entrada en el Instituto Superior de Magisterio. En efecto en el otoño siguente  Vittorino pudo afrontar y aprobar la prueba de admisión en el Instituto, donde se matriculó el 9 de noviembre. El eligió entre los tres cursos de diploma disponibles el destinado a la formación de los profesores de Filosofía y Pedagogía para  las escuelas magistrales.
Durante la juventud  maduró en Chizzolini una fé  muy fuerte, aunque el padre, no creyente, tenía una actitud hostil hacia la Iglesia: la parroquia ciudadana de S. Alessandro, cerca  de la cual nació, y la Federación juvenil dedicada a León XIII, fueron, junto a la escuela,  los ámbitos donde decidió ejercitar su apostolado en favor de los menores. En 1926 el obispo de Brescia, Monseñor Giacinto Gaggia, le nombró delegado diocesano de los aspirantes de Acción Católica, es decir encargado del desarrollo de iniciativas artísticas y recreativas para los chicos de edades entre los once y los catorce años; ocupó este encargo durante quince años, pero ya en 1930 en los ambientes eclesiásticos de Brescia, Vittorino Chizzolini era conocido como “ el apóstol del movimiento de los jovencitos”.
 En el año escolar 1925/26 el joven consiguió su primera nomina de enseñanza, y ejerció en la escuela de enseñanza primera “Giuseppe Nicolini” de Brescia, donde se quedó hasta 1927; después, tuvo que dividirse entre las sedes de barrios de la Stocchetta y de la Volta Bresciana, centros donde enseñó hasta 1930, cuando tuvo que interrumpir momentáneamente la enseñanza por desconocidos motivos familiares.
Para conseguir una elocuente descripción de los criterios didácticos del joven maestro, resulta precioso un pasaje que él escribió en ocasión del “ 1° centenario de la escuela Tito Speri, antes San Barnaba, Brescia 1837-1937”,  que quizás se encontraba en una publicación  conmemorativa o fue pronunciado durante una ceremonia pública.

“  Nuestra escuela”
¡Oh capaces alumnos, vosotros habéis hecho activa la escuela, con  vuestro sentimento vivo, con vuestra labor espontánea en una atmósfera propicia al puro desarrollo del espíritu. Cada uno de vosotros sabía ser en centro de la escuela, punto de convergencia de las atenciones del maestro y de los compañeros que ayudan a ser mejores. Cada uno de vosotros aportaba su interés, su búsqueda, sobretodo de amor por el trabajo común.
Vuestra acción procedía del íntimo; escuela liberadora, activa y activadora; iluminación de experiencia, proyección de luz en la  inteligencia y en la viveza  del alma.
El ambiente de la clase, acogedor y sereno, tiene la huella de  vuestro gusto y de  vuestra gentileza. Observads el regalo del arte infantil  en su marco decorativo, a los cuales las flores recogidas día cada  día dan una pincelada de frescura; Observad los murales y  las estanterías de pared de la biblioteca  llenarse de grabados, de dibujos, de cosas, de libros: la vida que entra en la escuela.
Os concentráis al órdenes de los representantes; uno de vosotros a turno controla el orden, regula el ritmo del trabajo que se cumple en plena coherencia a vuestros intereses y animado por el deseo de la búsqueda, de la expresión, de la elaboración.
El nuestro es un taller de vida educativa, donde el maestro está allí para guiar el estudio, para coordinar las experiencias, para enseñar, para hacer sentir la trascendencia de los valores universales – los de la verdad y de la ley -, pero no está menos presente y activo al favorecer la espontaneidad, la creatividad, el trabajo personal  que da alegría y revela las actitudes congeniales.
Programa? Asignaturas?Horario? En el más está el menos; y donde está la vida está  todo.
También vosotros contribuís a organizar el tiempo, el contenido, el objetivo de los estudios: vosotros que estáis acostumbrados a cumplir con diligencia los deberes diarios – de las observaciones meteorológicas a la redación de la crónica de la clase -; vosotros que  habéis experimentado lo fructuoso que es el trabajo en  grupo y qué alegría da el trabajo individual, realizado gracias a  los archivos, libros móviles (nuestra patente) que nosotros hemos organizado.
No hemos intentado, con entusiasmo, hasta una experiencia de vida corporativa en la escuela?
El maestro más que dar, recibe; goza de  la frescura espiritual de vuestros regalos: las redacciones que vosotros redactáis sobre cosas vistas y experimentadas, las dramatizaciones históricas, la “hora serena”, donde dáis prueba espontánea de vuestra capacidad expresiva en la dicción y en el canto.
La escuela no tiene fronteras: vamos a realizar exámenes juntos, a visitar el mundo que tenemos a nuestro alrededor, donde los monumentos memoriales, los productos del genio humano, las maravillas de la naturaleza enseñan más que las palabras y los libros. Si tuviéramos  que elegir un emblema preferiríamos  éste: escuela formativa.
La escuela ha educado  vuestra voluntad en la vida cotidiana, después de haber señalado el ideal hacia el cual dirigir los ojos del alma.
Muchos de vosotros recuerdan que en una pared de la clase estaban escritos también estas altas palabras: “ Hay que progresar sempre, no quedarse estancado”
Puede ser el lema de nuestra vida”

Vittorino demuestra claramente en estas paginas que utilizó un modelo escolar de caracter  activista-católica, por eso tenemos que atribuir una gran importancia al maestro, y rechazar  las experiencias extranjeras de escuela activa, que tendían a valorizar  la función del docente hacia  un hipotético incremento de la autonomía de los alumnos; además que dispensador de conocimientos, en la visión madura del joven, él tenía que  suscitar en sus alumnos estímulos intellectuales y creativos, tenía el deber de animar la comunidad escolar, de ser  portador de  valores immortales, de transformar sus alumnos en una viva comunidad. Quizás  por eso él, durante todo el curso de su existencia, mantuvo vivas y constantes relaciones con muchísimos alumnos, de los cuales se conserva la casi totalidad de las misivas para el viejo profesor, que hacia ellos tuvo un sentimiento de verdadera paternidad espiritual: ellos no dejaban de ser sus discípulos cuando terminaban la escuela de primera enseñanza, y él era siempre su maestro; se explica así el continuo interés hacia sus chicos, la atención hacia sus elecciones existenciales, la costumbre de los encuentros espirituales que ellos  hacían cada año.
Dunque seguía contemporaneamente  los pesados estudios en la universidad de Milán, enseñaba en Brescia y continuaba collaborando con la diócesis, Chizzolini pudo encontrar el tiempo para apuntarse al Instituto Católico de Ciencias Naturales de Bergamo, en la que seguía las lecciones enverano, desde agosto hasta septiembre y donde se licenció en 1929, con un estudio titulado: La encíclica
“Pascendi” y el modernismo.
Comentarios históricos  y  críticas, en los que el estudiante pudo expresar su oposición a las teorías de los exponentes del movimiento modernista., ya que éstas, aunque tenían características positivas,  podían abrir el camino a peligrosas desviaciones de la ortodoxia católica, como la encíclica de Pio X denunció. La interrupción de los compromisos didácticos que solicitó, en 1930,  permitió al joven acabar los estudios superiores: durante el año académico 1930/31 consiguió el diploma de Filosofia y Pedagogía y discutió, con la guía de Paolo Rotta, docente de historia de la filosofía, una tesis sobre el tema: El problema de la existencia de Dios en el modernismo filosófico (Primeras notas), que según la Advertencia antepuesta a la disertación, representaba  “el testimonio de un intento de encuadrar el modernismo en el  vasto drama de la filosofía religiosa moderna y valorar su significado a la luz de la filosofia perenne”. El presentó su tesis el 12 de diciembre 1931 frente a una comisión presidida por el mismo tutor y donde estaba también Mario Casotti, docente de Pedagogía que, será asociado al alumno siempre; Chizzolini consiguió una valutación de setenta/setenta, matrícula de honor.
Para el licenciado, la llegada de la experiencia modernista correspondía a “una forma de acuerdo de las verdades tradicionales con los elementos heterodoxos del pensamiento moderno” , por eso el modernismo representaba una ocasión perdida para la actuación de una “revindicación  ortodoxa” de la filosofia contemporánea, que resultaba contrapuesta a los buenos resultados conseguidos por la corriente neoscolástica, que estaba en boga en la Universidad Católica. La tesis era “un trabajo incisivo y agudo que, aunque profundizaba en el estudio del espiritualismo francés y  afrontaba en particular el “Laberthonniére” y su dogmatismo moral, se introducía en la tradición del Oratoire, desde Gratry hasta Newman a la Ollé-Leprune, en lo que concierne el espiritualismo religioso, no se olvidaba la Teoría de la educación que se ocupa de uno de los tema más controvertidos del tiempo: la relación entre la autoridad del maestro y la libertad del alumno, una relación que no es de contradicción sino de interacciónes en la que la autoridad, se pone al servicio de una libertad imperfecta y azorada, la pone en libertad progresivamente de sus vínculos y, rem
saltando los obstáculos la hace perfecta: desde la eteronomía (ley por fuera: autoridad), se llega – y éste es el deber y el encanto de la educación – hasta la autonomía (legislación interior: libertad perfecta)”.
Acabado los estudios universitarios, que le permitieron sobre todo de establecer las bases de la asociación con padre Gemelli y con la Universidad Católica, que se consolidará en los decenios sucesivos llevando a resultados inesperados, Vittorino enseñó hasta el año escolar 1932/33 en la escuela de S. Eufemia de la Fonte, cumpliendo también cargos de dirección, y enseñó por fin en la escuela de primera enseñanza “Tito Speri”, donde se quedó hasta 1935 cuandó hizo la solicitud para conseguir un año de excedencia por razones de salud, a pesar de que, desde aquel momento, no volvió a enseñar en de  las aulas escolares, dado que en 1936 monseñor Angelo Zammarchi le ofreció  el cargo de editor de la revista “Scuola italiana moderna” en la Editrice La Scuola, con la cual el maestro colaboraba  desde hace mucho tiempo.

En la Editrice la Scuola por vocación al apostolato (1936-1945)

Tal vez por la exigencia de contestar a un formulario que recibió en calidad de “Hermano” de los “Missionari della Regalità”, en las breves Notas autobiográficas que Chizzolini escribió en 1946 aparece un fragmento que revela la profunda relación que nació en los años 20 entre el estudiante universitario, activísimo entre las filas de jóvenes de Azione Cattolica, y monseñor Angelo Zammarchi, director de “Scuola italiana Moderna” y miembro fundador de la fundación de la misma Editrice la Scuola, en 1904:

 “Mons. Zammarchi, hacia el final de los años Veinte, en una llamada telefónica inesperada (porque Don Tedeschi me había comprometido mucho en la colaboración, junto a  él,  en la  Scuola Italiana Moderna y en sus actividades, y porque tal vez había intuido que yo estaba  a punto de eligir una vida de servicio apostólico), me dijo, de forma perentoria: “La voluntad del Señor es que Usted se quede en “La Scuola” como laico que nos ayude en tan difícil momento”. No dudé, si no por el temor de mi poca experiencia y por los compromisos del año del curso, porque ya maestro en servicio pero todavía estudiante en el Magisterio de la Católica”, no dudé en contestar: “Sí, por lo que podré hacer”.
La decisión era para una colaboración subordinada, con la intención de un servicio de amor hacia las obras tovinianas, con una mínima paga.”

En estas preciosas líneas aparecen los nombres de las dos carismáticas figuras que contribuyeron a la guía de los pasos del recorrido espiritual y existencial de Chizzolini, sugiriendo al joven abandonar de manera definitiva la enseñanza, una vez acabado el período de excedencia pedido a la escuela por motivos de salud, para que se dedicara por completo al estudio y la divulgación: monseñor Zammarchi, como hemos visto, alentaba al joven maestro a dedicarse como laico a la obra apostólica y cultural  llevada a cabo por La Scuola. En 1927, cuando aún no tenía 21 años, durante los ejercicios espirituales organizados por el “Istituto Cattolico di Scienze Sociali” de la ciudad de Bergamo, Vittorino escribió una oración de la que queremos citar un pasaje:

            “Le ofrezco todo mí  mismo ¡ Oh mi Creador! con mi voluntad y mis aspiraciones. Todo mi trabajo quiero cumplirlo para tu Gloria. Haz que un día, como vosotros dispongáis, me vuelva yo vuestro muy ferviente apóstol. Mi vida tiene este ideal; tu  me lo has suscitado; lo alimento con deseo y esperanza. Un día hará realidad”.

Estas promesas se confirmaron durante una experiencia semejante, vivida unos meses más tarde:

“durante los Ejercicios Espirituales de Rho, en los que tomé parte como estudiante universitario (Facultad de Magisterio), terminé los propósitos” con el compromiso de dedicar toda mi vida a la actividad de apostolado, sin premeditada determinación.”

Estas palabras revelan la confusa conciencia de un destino al que el joven se sentía llamado: es cierto que Chizzolini meditó consagrarse como religioso en alguna orden o congregación, y también es muy probable que en sus primeros años de juventud haya considerado ser llamado por Dios al sacerdocio. Angelo Zammarchi, junto con Peppino Tedeschi, intuyó las dotes y potencialidades del joven maestro, y lo exhortó a prodigar su talento en favor de la Editrice, para la formación de los educadores.
Así que la perspectiva de ponerse a servicio total de ese tan suspirarado apostolado magistral tras las   huellas de los ideales de Tovini, además en una sede tan importante y estratégica como la Editrice, apaciguó la aflicción debida al abandono de sus pequeños alumnos.
Entonces, a partir de 1935, Chizzolini hizo suyo el famoso principio de Tovini: “nuestras Indias son las escuelas!”. Se dedicó de manera total al apostolado, pero sin fanatismo.
él defendía con su palabra y sus escritos la dignidad y la preparación de los maestros italianos contra quien, en el extranjero, dudara de su formación o de la eficacia de su enseñanza, y contra quien, abandonado al propagandismo de ese tiempos, afirmaba la primacía italiana en el ámbito educativo, contraponiendo a la riqueza de las experiencias extranjeras, a menudo informadas por las teorías naturalistas y materialistas, la riqueza de la escuela italiana, arraigada en la tradición católica y latina. Al mismo tiempo, impulsado por su búsqueda de la verdad, Chizzolini organizaba cursos  de pedagogía como premio para los mejores alumnos de los institutos magistrales de Italia del norte. Si bien se mira muchas veces Vittorino manifestó tener mucho interés por los problemas y los valores imprescindibles del ejercicio magistral: aún cuando disertaba sobre cuestiones inherentes a la mera didáctica, nunca dejaba de incitar a  que surgiera, en los educadores a los que destinaba sus textos, una más nitida conciencia y competencia educativa, rica de valores y pasiones ideales. El estudioso, tomando como ejemplo a los educadores más importantes de todos los tiempos, lograba indicar nuevos métodos didácticos y modelos de inspiración aún actuales para sus lectores: Socrates, Vittorino da Feltre, Filippo Neri, Giovanni Bosco, las hermanas Agazzi, Maria Boschetti Alberti, para citar los más amados y estudiados, que habían contribuido a formar en Chizzolini la conciencia del altísimo valor de su propio magistero, sugeriéndole además cómo orientar su incesante búsqueda de métodos didácticos cada vez más eficaces, además de comprender mejor a sí mismo.
Entre las páginas de un ensayo de 1939, dedicado a describir la figura y la obra educadora de Vittorino da Feltre, encontramos el profesor concentrado en poner en evidencia la semejanza entre las decisiones del humanista y las suyas propias, de tal manera que parece leer la autobiografía del mismo Chizzolini. Vittorino da Feltre, en efecto, había decidido renunciar a la profesión cuando comprendió que misión educativa  podía acercarse a la sacerdotal, así que
“dejó de escribir y escondiò su profunda ciencia, no vivió para sí  mismo, no pidió ayudas s no para su finalidad, huyó del elogio que hubiera podido quitarle la humildad y la fuerza de sentirse indefenso frente a las ideas.”; sobresalía también una profunda correspondencia entre su modo de concebir la figura del docente, ya que Vittorino da Feltre “sabía descifrar con aguda clarividencia la psicología de sus alumnos, que estudiaba profundamente, en sus carencias y sus aptitudes, para que su acción formadora pudiera ser coherente con  a las exigencias y con su vocación personal”;
con sus clases “llenas de entusiasmo humanístico y al mismo tiempo vibrantes de espiritualidad (...) abría los ojos a la belleza y entreabría el alma a la poesía del deber.”
Aquí tenemos entonces la tarea que para V.da Feltre el maestro estaba llamado a realizar: “infundir, por medio de la educación, el supremo bien de la fe en la vida, y poner a servizio de la fe todos los bienes de la vida”, según la convicción que “ el magisterio educativo es una paternidad espiritual que se manifiesta a través del amor”; eso también representaba, podemos decir, la síntesis del ideal pedagógico perseguido por Chizzolini, al que el joven había dedicado sus mejores años y al que el entregará su  existencia. El se refería a la tradición pedagógica nacional, que desde Vittorino da Feltre llegaba hasta Giovanni Bosco, para afirmar que la escuela italiana estaba animada por una sensación de equilibrio que le confería el rasgo característico de la “serenidad”, que ella recibía por el arte y la religión, dos rasgos que transformaban la escuela italiana en “humanística”, “espiritual” y “formativa”.
“Scuola italiana moderna”, que salía cada tres meses, recibía gran parte del trabajo de Vittorino, que se había convertido, en muy poco tiempo, en el alma de la revista, que él cuidaba con amor y precisión en cada etapa de la elaboración; Chizzolini logró imprimir en la publicación, aunque concebida desde su fundación como medio de elevación espiritual, cultural y pedagógica para los maestros, una línea hasta cariñosa, que con mucha frecuencia llevaba a  la redacción a dirigirse a sus lectores llamándoles “amigos”, o a definir su trabajo como “un mensaje de amigos para amigos”, redactado con comprensión, ayuda y solidaridad hacia los maestros, a quienes faltaban  una “voz fraterna”. Vittorino era conciente de que los maestros necesitaban  una asistencia especial, y además había que iluminarlos y apoyarlos en su trabajo diario, para que el compromiso autodidacto de lecturas, estudio y comparaciones metodológicas fuera estimulado y alimentado por la inteligente y amorosa obra ofrecida por un “amigo”. Así hemos explicado los motivos de su esfuerzo, desde que fue contratado, a verificar cada detalle, a entablar amistad con los autores, a definir y mantener una línea en las revistas y en las publicaciones de su incumbencia, con coraje y sin ninguna consideración para los que no hubieran cumplido con el estilo tradicional de la Editrice.
Animado por un deseo cada vez más grande de recorrer cada senda que contribuyera al crecimiento profesional y a la madurez moral del maestro, Vittorino, alrededor de los años Treinta, añadió a su compromiso en la animada redacción de la Editrice, la tarea de escribir junto con su amigo Marco Agosti, encargado de las secciones más filosóficas, una colección de textos para los estudiantes de pedagogía. Esa colección, inaugurada en 1938 con la publicación del primer tomo de Magisterio, tuvo enorme éxito. Se trataba de un compendio histórico de lecturas de filosofía y pedagogía, de los que se editarán más tarde cuatro volúmenes más, por un total de 2750 páginas. En el Prólogo, ellos pudieron ilustrar claramente su ideal de maestro y enumerar las responsabilidades que él tenía:

“La misión del educador se expresa a través del magisterio, o sea como amor extendido de la verdad entre los niños, en los  que la humanidad se renova como eterna primavera de vida”

Chizzolini, se puso a servicio de los maestros, al principio de los años cuarenta empezó a elaborar los programas para la organización de cursos de actualización cultural, pedagógica y didáctica destinados a los maestros: unas aisladas experiencias empezadas también bajo la supervisión  de “Scuola italiana moderna”, a partir de los años treinta tuvieron que constituir una especie de experimento que preparó al inicio de los primeros congresos veraniegos del “Pædagogium”, el Instituto para los estudios sobre la educación  cristiana fundado en la Universidad Católica del Sagrado Corazón. Padre Agostino Gemelli, tras haber barajado las oportunidades y la eficacia de la serie de encuentros organizada a partir de los años veinte para la formación y la actualización de los licenciados de la Universidad que se habían convertido en profesores, había tomado la decisión de aaumentar la promoción de tales iniciativas, que se habían revelado muy fecundas, y lo hizo destinandoles un adecuado soporte de estructuras, medios y competencias. A pesar de la dramática preocupación por el conflicto mundial  en curso, el rector manifestó, entre las páginas de “Vita e Pensiero” de julio de 1942, su propia convicción de proceder en la dirección deseada, teniendo en cuenta la entrada en vigor, en 1939, de la Carta de la escuela de Bottai, que había corregido la huella idealística de la reforma Gentile entreabriendo, según Padre Gemelli, posibilidades inéditas para la renovación en clave “realística” de la instrucción italiana, para la realización de la cual se necesitaba, de todos modos, profundizar, experimentar y comprobar. El texto de la ley se valoraba de manera favorable sobre todo por su firme apertura a los valores propios de la tradición religiosa italiana, y por eso resultaba indispensable, para los católicos operantes en el ámbito pedagógico, estar listos y plantear propuestas capaces de renovar, animándola, la acción didáctica, para “devolver a nuestra Italia su aspecto cristiano”: se necesitaban así una búsqueda y una elaboración teórico-práctica previos a la iniciativa y para cuyo desarrollo se destinaría el recién nacido “Pædagogium”, cuya seriedad científica sería garantizada por el apoyo ofrecido por la Universidad.
Así, en plena guerra, la Católica y la Editrice crearon un Instituto para los estudios sobre la educación cristiana: en el artículo en el que el rector presentó la iniciativa, se precisaba claramente que el motivo por el cual el Ente usaba la contribución de la redacción de “Scuola italiana moderna” estaba en la colaboración, activa desde los años veinte, entre el catedrático de Pedagogía, Mario Casotti, y la revista bresciana.
Los numerosos objetivos que la institución se prefijaba eran muy ambiciosos: desarrollar la reflexión sobre el pensamiento educativo cristiano; seguir la introdución de la Carta Bottai; sostener sobre el plan pedagógico – didáctico las iniciativas escolares catolicas; promover la búsqueda sobre los temas de la educación familiar y social; planificar y regular cursos de actualización para docentes y pedagogos; dar impulso a la publicación de monografías y revistas de calidad. En el grupo directivo del organismo, que el profesor Casotti presidió, estaban monseñor Zammarchi, monseñor Olgiati, Agosti, Chizzolini y Colombo, y Ada Cribini Spruzzola, asistente de Pedagogía en la Universidad Cattolica de Milano, cumplía las funciones de secretaria.
En agosto de 1942 tuvieron lugar en Luino, en la provincia de Varese, los dos primeros congresos organizados por “ Pædagogium”, que recibieron enseguida muchas adhesiones: los miembros del Instituto, a los que se unieron Nosengo y Mazza, trataron los temas de la educación, del niño, de la escuela y de la didáctica, se encargaron a don Peppino Tedeschi los tiempos de “elevación religiosa” y padre Agostino Gemelli pudo pronunciar la relación que acabó los congresos con título: “De infancia a adolesciencia”. En el mismo mes de agosto se realizó en Castelnuovo Fogliani, en el apostólico Instituto del Sacro Cuore, un encuentro para la actualización didáctica de los directores de los tres últimos años de la EGB.En octubre del mismo año,  gracias al estímulo del ministro Bottai, padre Gemelli empezó a estudiar la posibilidad de constituir en el Instituto un Centro didáctico para la enseñanza de la religión;  la Sacra Congregación del Concilio y la Secretaría del Estado se interesaron al proyecto, aunque  por varias razones, (entre otras la crisis de la dictadura), se arrinconó la iniciativa, y la participación en el plan de Chizzolini, interlocutor privilegiado del rector, se anuló.
Después del afortunado inicio del verano de 1942, el grupo directivo del “Pædagogium” incluyó en el programa cinco encuentros, para agosto del año siguente; el gran proyecto indicaba que tres de estas propuestas se dedicaran al desarrollo de temas inherentes a la educación moral, y que tuvieran lugar en lugares franciscanos por excelencia, Assisi y La Verna; otros dos congresos, dedicados respectivamente a indagar sobre las “Finalidades educativas y exigencias didácticas de los tres últimos años de EGB” y a ahondar en el tema de “La escuela para la formación de los educadores”, habrían debido ser, en cambio, en una localidad cerca de Piacenza, Castelnuovo Fogliani. Importantes aconteciminetos de aquel verano, como el fin del fascismo y la constitución de la República Social Italiana, obstaculizaron obviamente la realización de esas experiencias formativas, pero Chizzolini no dejó de prodigar su esfuerzo para el buen resultado de las iniciativas del Instituto: empezó a enviar periodicamente a los participantes de las iniciativas de veranos una Carta de amistad, para mantener y fortificar las relaciones con ellos, e informarlos costantemente sobre las manifestaciones y sobre los encuentros propuestos. En agosto de 1943 los bombardeos aliados dañaron la Universidad Católica, destruyeron todo el archivio y las publicaciónes de “Pædagogium” y causaron la temporal paralización de todas las actividades: acabado el conflicto mundial, de todas maneras, el Instituto vivió un periodo lleno de tribulaciones, y duró hasta los años cincuenta, pero constituyó una prueba general de la colaboración entre católicos de Milán y de Brescia que será  preciosa para los futuros desarrollos de la experiencia.
De todas maneras, al inicio de los años cuarenta, en Brescia, la redación de “Scuola italiana moderna” se enriqueció de nuevos jóvenes colaboradores, seleccionados por don Tedeschi y por el mismo  Chizzolini, entre los cuales recordamos Rinaldini, Monchieri, Nardini, Comassi, Salucci. Gracias a los recuerdos de algunos de ellos podemos reconstruir las actividades de un bienio frenético y dramático, que el grupo vivió sin descomponerse: de las meditaciones sobre el evangelio después del horario del trabajo, a los encuentros en la parroquia de los Filippini con padre Bevilacqua, Lodovico Montini, La Pira, Lazzati, a la constitución del Grupo de Actividades Sociales, taller de análisis y de reflexión socio-política en vista de la caída del régimen; sus reuniones tenían lugar en la misma redacción de la revista hasta la noche. Llamaron la atención y las inspecciones de las autoridades fascistas, que interrogaron varias veces a los jóvenes implicados. Después del 8 de septiembre algunos colaboradores y redactores, entre los cuales Emiliano Rinaldini, alumno predilecto del Profesor, partieron de Brescia  para participar activamente en la lucha de la resistencia, se ofrecieron para la victoria de un ideal de libertad que Vittorino compartía completamente, pero él sentía el supremo deber de no dejar la ciudad para tutelar la Editrice y la revista: fueron, en efecto, años terribles para la vida de la escuela, por las constantes controles de los funcionarios del régimen que encarcelaron también al Profesor, pero por un tiempo breve.
Después de una reflexión que duró varios años, al final de un camino guiado por las comparaciones con padre Gemelli y Giancarlo Brasca, el 19 de diciembre de 1943 Vittorino pidió la admisión a la Pía sociedad de los Misioneros de la Majestad de Nuestro Señor Jesus Cristo, fundada por el mismo rector en el 1928 para formar laicos especialmente entregados al servicio en favor de la Universidad Católica: el Instituto respondía completamente a su ideal de total consagración a Dios y de completa dedicación al empeño apostólico, en armonía con la fecunda actividad empezada en la Editrice. El 8 de septiembre de 1946, en un enésimo momento de extremo dolor, por las desesperadas condiciones de salud de su padre, que murió después de algunos días, el Profesor pronunció en la iglesia de Castelnuovo Fogliani las “promesas” de pobreza, castidad y  obediencia , asumiendo en esta manera las obligaciones de aquel tipo de vida consagrada.

“En  1946, hice una presurada declaración de las “promesas” en la iglesia de Castelnuovo Fogliani,  ya que un coche llegaba de Brescia para llevarme a la cama de mi padre moribundo.
He elegido el “camino secular” porque él correspondía a la invitación de Monseñor Zammarchi, preocupado de  que no hubiera un laico para las relacciones con el Ministerio de la Educación y otros organismos fascistas, ecc.
Me he quedado sólo, feliz de vivir en la sede de mi servicio y en una vivienda al lado de mi oficina.
La pobreza, la sencillez son una liberación. La obediencia a la conciencia, a los deberes, a las circustancias, sobre todo a los señales que los inconvenientes a menudo revelan”.   

Vittorino siguió a la asociación en el momento de su reactivación, que se caracterizó por una visión apostólica más abierta después de un largo periodo de sufrimientos, que llegó un punto importante con la temporanea disolución que Ezio Franceschini, “Hermano Mayor” del Instituto, decidió en 1942: esta elección vocacional sancionaba de manera definitiva y determinada, también para la inclusión eclesial, la decisión de ponerse totalmente al servicio de la educación y de la escuela, y pudo también entablar una relación más directa con Franceschini y La Pira, que van a ser amigos y confidentes. Antes de llegar a ser un Misionero, el Profesor se había hecho terciario franciscano, obligación prevista por las costituciones de la Pia asociación: el diálogo con padre Gemelli, en efecto, lo había llevado a privilegiar los valores de pobreza y humildad, e influyó en su manera de ver su apostolado como “modesto servicio”.
Él siempre consideró que su vocación era la de dedicar su empeño total a la “causa suprema” de la educación cristiana, propagada gracias a la obra de educadores formados en la doctrina cristiana: él concebía la vocación en estricto sentido y no sólo como un conjunto de inclinaciones naturales que satisfacer por medio de una profesión, y estaba animado por la convicción de que Dios hubiera predispuesto todo para que él comprendiera progresivamente; desde su impetuoso entusiasmo juvenil hasta las meditadas decisiones de la edad adulta, cualquiera que fuera la tarea que tenía que llevar a cabo.
La segunda guerra mundial permitió a Chizzolini, delegado a los Aspirantes y responsable de la sección mestros de la Acción Católica de Brescia,  ampliar además el ámbito de la propia actividad en la diócesis: con el grupo de la “Charitas” cada domingo por la mañana en el convento de S. José organizaba la asistencia espiritual y material a los pobres: primero se celebraba de la Eucaristía, en el curso de la que uno de los jóvenes del grupo reflexionaba; después de  la visita médica, una iniciativa del licenciado Francesco Montini, hermano del futuro pontífice, que en un establecimiento había creado un minúscolo ambulatorio y daba gratuitamente medicinas a quien los necesitaba; después el almuerzo común, en las habitaciones de la primera planta del monasterio, o, en ocasión de la Navidad y de la Pascua, en el interior del obispado.
Chizzolini con la colaboración del licenciado Briosi organizó también cursos de primeros auxilios para los jóvenes voluntarios de la “Charitas”, en la mayoría universitarios de la Fuci o estudiantes de las escuelas superiores, para que estuvieran listos para ir en auxilio de los heridos después de los bombardeos: el mismo Vittorino, con la cruz roja en el brazo se unía a ellos en la tempestiva asistencia a las desafortunadas víctimas de la violencia. El 2 de marzo 1945 esos mismos jóvenes corrieron hacia el amigo y maestro con la noticia de que por una bomba se había derrumbado la casa de su madre en el cruce entre via Pusterla (hoy via Turati) y plaza Arnaldo, Elisa Cominassi, y su hermana Elda; las dos mujeres, que habían bajado de Alone de Casto a la ciudad para ir de compras, no habían sobrevivido. En el mismo día y por la misma causa fue destruido el edificio que acogía la “Editrice la Scuola”, y por eso el obispo de Brescia, Giacinto Tredici, escribío a Vittorino una carta de consuelo. Vittorino así respondió a su prelado:

“ Domingo de Pasión 1945,
            Eccelencia Reverendísima,
de todo corazón Le agradezco Su carta, la más consolante de todas.
El Señor acoja también el sacrificio de mis familiares para el regreso de la paz en el mundo, de la paz de Cristo en los corazones. Ofrezco mi dolor para el renacimiento de la “Scuola”, a la que humildemente consagro mi vida. Me postro a Sus pies, Eccelencia, como delante del Padre de mi alma, y pido su Santa Bendición”.

Su desmesurado dolor no logró abatir al Profesor: el 20 Abril, gracias a las rotativas de una minúscula tipografía provincial, pudo, a sorpresa,  editar un nuevo número de “Scuola italiana moderna”, en cuyo prólogo, titulado Invitación a la colaboración, se dirigía a la familia de los lectores, y los exhortaba a respaldar la publicación en un momento tan difícil, consideradado las esperanzas que se vislumbraban en el horizonte. Chizzolini siguió impertérrito también la colaboración en el Hospital Militar y , luego, antes del final de la guerra, con la ayuda de don Angelo Pietrobelli transformó el obispado en un campamento de primera acogida para los soldatos rque volvían de los campos de reclusión donde fueron encerrados sus colaboradores conduciendo  los camiones, recorrían sin pausa el camino Brennero-Brescia, y él  fue varias veces a Alemania y a Polonia para buscar los desaparecidos o a quien tenía dificuldades para el regreso. Otra vez, junto a los jóvenes de la “Charitas”, animado por las hermanas Benatti, se comprometió a dar asistencia a los “Libios”, medigos que se alojaban en grandes y miserables casuchas cerca de Via Milano, en Brescia: la ayuda que no se limitaba a una ayuda material, se extendía también a la proyección de películas y a la enseñanza del catecismo.

El empeño para la escuela italiana (1946-1956)

Llegó el tiempo de la reconstrucción y de la lenta normalización de Italia: los años de la guerra privaron a Chizzolini del padre, de la madre, de la hermana y además del fraternal amigo y discípulo Emiliano Rinaldini, partisano que el 10 de febrero 1945 los militares fascistas de la Guardia Nacional Republicana  mataron ferozemente en Belprato, en Val Sabbia, y que fue mártir de la fe y de la libertad:

“ tú representabas cerca de nosotros, es más, frente a nosotros el ideal del maestro. Ejemplo de acción y equilibrio de pensamiento; gusto didáctico y amistad para los niños; amor, por encima de las cosa perecederas, de los valores universales y perennes para vivirlos y hacerlos vivir; búsqueda de  almas y del reino de Dios; visión de la escuela sub especie æternitatis: ahí el maestro. Ahí el ideal que tu joven vida ha vivido y cantado con una potencia más alta que la poesía”.

También en estas palabras, aunque pronunciadas en un momento de verdadera aflicción, resalta la importancia, irreprimibile, de la concepción que Chizzolini tenía de la actividad magistral, que él consideraba una vocación en su sentido pleno y caraterizada por una dignidad comparable a la del sacerdote; era una ocasión única para servir, con humildad y pobreza, la “Causa” de la escuela y de la formación humana y religiosa de los niños; los dramas que, uno tras otro, habían marcado los años cuarenta, no podían parar el ejercicio de un apostolado al que él había decidido dedicar cada istante de su vida. El fue un acreditado punto de referencia en la Editrice, y durante los últimos años de la postguerra animó cada actividad y proyecto pero se quedó siempre en la sombra, con su proverbial discreción. “Scuola italiana moderna” fue de todas maneras su campo de trabajo favorito, ella fue siempre el paradigma y el vehículo de los valores que tenían que alimentar a los lectores: eran incesantes las llamadas a la amistad, a la fraternidad, al apostolado educativo; era incesante el empeño para la promocción de una pedagogía informada del amor cristiano.
El Profesor promovió muchas iniciativas culturales y de solidaridad  relativas al ámbito de la revista de Brescia: “Scuola fraterna”, que fue ideada para asistir los candidatos a las oposiciones magistrales, integrata por el suplemento trimestral “Itinerari”(1946-1970); la “Biblioteca Nazionale Circolante degli Educatori”, que tenía su título en memoria de Rinaldini: aposiciones para los maestros; a las campaña de subsidio para los docentes enfermos y ancianos; al apoyo económico de diferentes maneras a los alumnos maestros y jóvenes diplomados; a la constitución de “Magistri itinera”, para la organización de viajes de istrucción al extranjero que favorecieran la comparación con las escuelas pedagógicas europeas. Alrededor de la publicación más significativa de la Editrice La Scuola, en conclusión, se organizaron gran  número de actividades, no sólo editoriales, compartidas y apoyadas, o directamente inspiradas por Chizzolini.
Mientras tanto recomenzaban también las actividades del “Pædagogium”: ya en agosto de 1945 Olgiati  presidió en Tradate, localidad de la provincia de Varese, un encuentro animado por Chizzolini, que  puso en evidencia la absoluta necesidad de movilizarse para la reconstrucción y la renovación escolar y pedagógica italiana; en  1946, volvieron a empezar los grandes congresos de estudio y actualización que se realizaron en lugares de la Península: Milán, Luino, Castelnuovo Fogliani, Pietralba, La Mendola, y además en localidades del sur y de las Islas, como testimonio de la resistente voluntad de los componentes del Instituto  de llegar a todas partes, para favorecer una rápida reconstrucción de la escuela pedagógica italiana. Cuando en 1955 el “Pædagogium” cesó en su actividad, la compleja máquina  organizadora de los cursos siguió en todo caso por el camino ya consolidado: el Grupo Pedagógico de “Scuola italiana moderna” potenció las intervenciones  de carácter residencial para la actualización de los maestros, hasta que en la mitad de los  años cincuenta fue fundada una escuela  veraniega de pedagogía en el Centro Cultural Maria Immacolata, subordinada a la Universidad Católica y situada en el Paso de La Mendola.
En julio de 1948  fue fundado el así llamado grupo de los “maestros experimentadores de Pietralba”, con el nombre de la localidad dolomítica, sede de un santuario mariano, donde los estudiantes se encontraron la primera vez: también esta iniciativa, que duró hasta 1973, constituía una directa iniciativa de “Scuola italiana moderna”, dado que Agosti era el referente científico, Chizzolini y Colombo los organizadores y don Tedeschi el asistente espiritual. Constituyó una significativa ocasión de comunión y profundización para estudiosos de pedagogía   y docentes con particular vocación a la investigación, guíados en la comparación y en el dialogo por las intervenciones de acreditados relatores como Aldo Agazzi, Mario Casotti, Catalfamo, Marcello Peretti, Roberto Zavalloni, Mauro Laeng, Gaetano Santomauro, Mario Mencarelli, Gabriele Calvi, y Piero Viotto. Chizzolini, al unísono, dió impulso también a los encuentros residenciales para los maestros diplomados, muestra de la profunda atención reservada a los jóvenes maestros; desde entonces se amplió cada vez, por parte del comité redacional de “Scuola italiana moderna”, el compromiso para dar inicio a un  movimiento de la juventud magistral, que entre los años cincuenta y sesenta consiguió interesar a un conspicuo numero de enseñantes que provenían de todas partes de Italia.
Es sorprendente  que,  aunque el enorme peso del trabajo que tenía que sostener cada día en la Editrice, Vittorino encontraba el tiempo para ofrecer generosamente su ayuda para la obra de reconstrucción escolar en Italia: él se inscribió enseguida a la asociación de los maestros católicos AIMC, constituida en 1944 por iniciativa de Carlo Carretto y Maria Badaloni y fue nada menos que consejero nacional, desde 1946 hasta 1968, y vicepresidente, desde 1948 hasta 1952, presenciando  la mayor parte de las reuniones romanas del directivo de la institución y viajando a menudo para participar a los numerosos congresos asociativos en las distintas sedes locales. No pudo ilustrar la relación que había tenido que presentar en ocasión del congreso nacional del 1946 por los usuales problemas de salud, pero en el simposio del 1948 pudo intervenir con una contribución dedicada al tema de la escuela popular, instituida por el ministro Gonella 1947: Nuestro protagonista acogió con entusiasmo esta resolución, concebida para la elevación social, civil y cultural de las clases más humildes, además de intentar sanar la plaga del analfabetismo. Ya que la enseñanza en la escuela popular era para sujetos muy diferentes entre ellos, tanto por la edad, como por las experiencias, se necesitaba utilizar una metodología didáctica especial, con particular  atención a los criterios de “lo concreto”, “globalidad”, “esencialidad”, “individualización”, “cooperación”. El relator envidenció que “el problema de los problemas”  consistía en la individuación del maestro que destinar, identificando expresamente las dotes que tenían que caracterizar su acción: preparación pedagógica, agudeza de espíritu y disponibilidad al sacrificio tenían que distinguir éste “educador de la gente”.
En un artículo redactado para el Manual de Educación Popular, publicado en 1950, Vittorino volvió a tratar el argumento, con tono lírico  y sugestivo: el  retrato del maestro ideal, de donde aflora netamente el espiritualismo del autor:

“ subordinar; no dispersarse. A la extensión en superficie, hay que preferir el crecimiento hacia arriba: buscar las razones profundas y subir.. Así debe hacer la escuela; pero el problema de los problemas es el maestro. (...) Porque nosotros sabemos que no se enseña lo que se sabe, sino lo que se vive, y se educa por lo que somos. Junto a nosotros tienen que entrar en la escuela la poesía y la ciencia, el saber y el deber, la historia y la actualidad, el pasado y el futuro, la tierra y el cielo. Exigencias de cultura viva, grande, llena de sincero sentido humano, consciente de las urgencias sociales.
Sólo de la vida puede venir la vida”.

En 1962, el momento de la introducción de la escuela de los tres último años de la EGB, la posición de Chizzolini, favorable a una articulación en más ramos del último trienio de la educación general básica, no fue acogida; con el apoyo de “Scuola Italiana Moderna” y de la asociación de los maestros católicos, el Profesor maduró esta opinión sobre todo por razones de realismo social, además de carácter cultural: los maestros, justamente porque en su mayor parte eran expresión de las clases populares,  podían interpretar mejor que los profesores las necesidades de los chicos de las clases más humildes, para las cuales nació el instituto escolar en objeto.
Vittorino colaboró también con la oficina Estudios del Ministerio de la Pública Instrucción, y participió en la Comisión nacional de estudio para la reforma de la escuela, que Gonella instituyó en abril de 1947 y que se fue disvuelta venticuatro años más tarde, no antes, todavía, que los participantes pudieran redactar un gran proyecto de transformación del sistema formativo italiano, recibido en un diseño de ley que nunca fue discutido: Chizzolini participió activamente  en la publicación de la revista “La Reforma de la Escuela”, que resumió los trabajos de la comisión ministerial, y fue introducido con Marco Agosti en la subcomisión para la elaboración de un plan para la reestructuración del quinquenio de la escuela de primaria. Él fue después miembro del Órgano del Centro didáctico nacional para la escuela de primaria y obligatoria, instituido en 1953 y que padre Agostino Gemelli presidió hasta 1956: el instituto, con sede en Roma, tenía el objetivo de solicitar análisis e investigaciones inherentes a la primera enseñanza, de activar cursos para la actualización de los maestros, de promover experimentos pedagógicos.
Los frecuentes y extenuantes traslados entre Brescia y Roma no influyeron positivamente en sus  precarias condiciones de salud, pero éstas no lo alejaron claramente de la atención asidua para la Editrice y “Scuola Italiana Moderna”, que eran siempre sus ámbitos de primer interés: en todo caso solo después de la muerte de Angelo Zammarchi, en 1958, Vittorino quiso asumir la responsabilidad oficial del periódico, del que él era desde mucho tiempo el principal protagonista, aunque sus dos fraternos amigos don Peppino Tedeschi y Marco Agosti, sus directos colaboradores nombró asu discrección de siempre. Un escrito articulado en siete puntos; redactado seguramente antes de agosto de 1951 y enviado a los fraternos amigos de redacción, hace entender bien la idea de cúales eran los principales inspiradores morales de la dirección de Chizzolini:

“1. (...) El apostolado se reliza por medio de la Obra que el Señor inspiró a Giuseppe Tovini ‹ para la salvación y la elevación cristiana de la escuela ›. (...)
 2. La eficacia de la cooperación aumenta sobretodo en relación a nuestro crecimiento interior en la vida de la Gracia. Podríamos quizás multiplicar revistas, libros y iniciativas sin fin, pero todo sería nada sin aquella sobrenatural potencia fecundadora que los medios pueden expresar sin nunca sustituir.
Nuestras oraciones, nuestras fatigas, nuestros sufrimientos, casi invisibles filigranas, se imprimen en el frágil papel, como sello espiritual que da valor a las nuestras páginas. Es éste el secreto dinamismo que actúa desde lo profundo y hace que de “La Escuela” no parta sólo muchísima celulosa impresa, sino oleadas de luz y de energía para  la inteligencia y el corazón de los maestros. (...)
 4. Para asegurar la unidad y la pureza de intenciones está  el espiritu solidario de nuestro trabajo. Su caracter colectivo asegura un prestigio y una fuerza que van a favor de las iniciativas.Nosotros tenemos que ser “Escuela”, representar un movimiento de ideas y de actividades colaborando todos juntos para sostener y reflejar en las instituciones educativas las Indicaciones Universales pedagógicos del Cristionismo.
 5. La finalidad y la relación de nuestra acción implican mucha responsabilidad frente a la historia de la escuela y a  la formación de los maestros de Italia. Las demoras, las insuficiencias, los errores pueden tener efectos de gran importancia. Hubo quien ha dicho : « Vuestros micrófonos están abierto en toda Italia ». Así, terriblemente así.
Todos pueden leer cada raya de las páginas que imprimimos hoy, mañana, dentro de muchos años.
Y, encima de todos, está el ojo de Dios.
Por eso, nunca  sobrarán la atención, el escrúpulo en la orden de los principios, el sentimento de delicadeza moral, el deseo de lo mejor para todos. Fuerte el fundamento, adelante con paso joven y libre !.
6. Corda fratres! Reunimos nuestro amor, nuestra voluntad, nuestro sueño. El trabajo,  por exigencias de competencia y de encargo, necesita distinciones y subdivisiones, coral es su sentimento, su movimiento interior. En  este sentido, los consejos  y las observaciones recíprocas son una prueba de corresponsabilidad y de amistad. En la cariñosa atmosfera, en el comun deseo de colaboración y de ascensión, aumentará la riqueza interior de nuestra pequeña comunidad apostólica (…)
. (…) ¡Qué nuestra Obra tenga los rasgos de los templos que más expresan el impulso hacia el cielo : humildad, interioridad, solidaridad en la luz del eterno sol : Cristo !".

    
De la lectura del pasaje se deduce fácilmente el valor determinante atribuido por Vittorino a la tensión ideal que en su proyecto habría tenido que dar vida establemente a la redación de Brescia: desde los años cuarenta él intervino varias veces, en las páginas de “Scuola Italiana Moderna”, para manifestar toda su preocupación por la difundida disminución de la misma tensión ideal en los alumnos maestros, además que por la constante disminución de los estudiantes varones en las enseñanzas secundaria para maestros. Chizzolini basó entonces su reflexión en la difícil cuestión de la orientación escolar, sugirió la necesidad de intervenir en tres direcciones: en primer lugar renovó estructuralmente y culturalmente la enseñanza secundaria para maestros, hasta transformarla en un ciclo de cinco años de grado medio para maestros “para dar la  visión, la consciencia y el amor para la profesión educativa”, articulado en varios ramos y caracterizado por la convivencia de estudios, la observación escolar y la práctica; después exhortó a los maestros a cultivar con amor y cuidado las vocaciones al magisterio de los alumnos; finalmente garantizó, a los alumnos sin recursos econónicos, becas que le permitieran acceder a las escuelas de preparación magistral. Parece necesario dedicar atención particular a este último punto.

Su trabajo para la vocación magistral: la Fundación Giuseppe Tovini (1957-1984)

Cuando hablaba de “su” Vittorino da Feltre, Chizzolini solía recordar que el humanista, en 1414, había abierto en la ciudad de Padova un contubernium, donde antes había una rebelde comunidad de estudiantes universitarios; por el fracaso de este experimento de apostolado educativo, decidíó fundar el Alumnado en el vivísimo ámbito de la casa escuela “La Zoiosa”, que el Duque Gianfrancesco Gonzaga dejó en sus manos para que pudiera educar a los jóvenes príncipes junto al resto de la aristocracia de Mantova y a cuarenta chicos indigentes, seleccionados por sus capacidades intellectuales y su comportamiento moral. En este studium ideal, en esta comunidad de jóvenes, se celebraba una amistad espiritual e se garantizaba una enseñanza que tenía como centro de efusión el corazón y la mente del maestro, que cuidaba a cada uno de sus alumnos como si no tuviera otros, y fuera maestro de uno sólo. Nuestro protagonista no podía tener el apoyo de mecenas tan generoso como los Gonzaga, así dio todo lo que poseía para construir un Instituto en el  que se expresaran las más variadas formas de reconocimiento y de estímulo para los jóvenes maestros.
El nuevo proyecto al cual Chizzolini se sentía llamado era ambicioso, y puede ser entendido en el Propósito misionero que el Profesor redacto en la noche del 8 de septiembre de 1946, poco después de pronunciar las “promesas” de vida consagrada:

“El noviciado de largos años en La Escuela me ha permitido conocer y apreciar la importancia de la acción que Ella ha realizado en el pasado y  podrá realizar en el  futuro.
Reconozco en ella la Obra que yo tengo que servir para dar gloria a Dios y progresar en el camino de las virtudes cristianas. Intentaré servir humildemente y generosamente.
A la obra donaré toda la herencia paterna, quiero seguir siendo pobre, sostener iniciativas destinadas a la formación interior de los educadores. Si mejoramos a  los maestros mejoraremos la Escuela y eso será una gran cosa.
En particular hay que promover y cuidar las vocaciones magistrales, hay que encender y mantener el sentido misionero en la Escuela, por medio de publicaciones, congresos y otras formas que se consideren dignas del objetivo.
Los sueños son muchos, y los propósitos – si la gracia divina nos apoyará – no cederán.
Maria, divina Maria de todos los niños y Maestra de todos los maestros, bendiga las esperanzas y los votos expresados en nombre de Cristo Rey de Amor” 

El 11 de septiembre 1947, encontrándose en Asís en ocasión del primer aniversario de la muerte de su padre, Vittorino manifestó sus secretas intenciones en una carta a monseñor Angelo Zammarchi, confidente, consejero y guía:

“Venerado Monseñor,
en el aniversario de la muerte de mi querido padre, me permito expresarle las intenciones más íntimas de mi corazón.
Nunca serán suficientes los agradecimientos a la Divina Providencia por el privilegio que me concedió: servir a  la causa de la educación cristiana. Me siento indigno, pero por lo poco que soy me consagro a  la Obra de Tovini y deseo colaborar en sus actividades hasta el último día de mi vida.
Aunque condiciones jurídicas no han llegado a buen punto, Le ruego considerar como ya hecho desde el 11 de septiembre 1946 el paso a la Obra de toda la herencia que mi querido padre me dejó y lo hago en su recuerdo y memoria. (...) Me agradaría no seguir en el cargo de los empleados de “La Scuola” y pasar a ser un colaborador, como un fraile laico encargado de un servicio religioso.
Me permito añadir estos  votos y propuestas:
La Obra Tovini, en la forma que se considerará más prudente, asuma pronto su posición y su función, sin excesiva publicidad, pero de manera que se conozca su origen histórica y en su misión, que sea querida por el  bien que lleva a cabo y ayudada en sus exigencias, que serán cada vez urgentes, cuanto más se  amplie su acción.
 Después de la vaga indicación en ocasión del 50° anniversario toviniano, se dé comunicación oficial a los amigos junto al programa y a los objetivos inmediatos de actividad.
Se fije la fecha del 16 de enero como la de la asamblea anual de la Obra que, después de la Santa Misa en sufragio del Fundador, fijará los balances finales y los presupuestos de cada año.
Con la bendición del Señor, la Obra volverá a florecer y contribuirá a elevar spiritualmente a  los Maestros y a aumentar el Amor Divino en el mundo de la escuela. ¡Será la apología viva de la santitad de Giuseppe Tovini!
Perdone, querido Monseñor, la mezquindad y la prisa de estas líneas nocturnas, que salen del corazón, después de horas de íntimidad, en la oración, con Jesús, Maestro único y eterno”.

A la herencia paterna Chizzolini añadió sus propios derechos de autor y los alquileres de los pisos que había recibido en cambio del área de Via XX Settembre, y donó todo a la Fundación.  Al principio de los años cincuenta “Scuola Italiana Moderna” puso en marcia la asignación experimental de becas y el servicio de hospidalidad ofrecido gratuitamente a los alumnos de la EGB que querían continuar los estudios en el instituto magistral y a estudiantes más adultos que ya frecuentaban estos cursos. Este sistema de apoyo a los estudiantes de magisterio se hizo más perfecto, amplio y orgánico en 1957, a través de la constitución, después de un decenio de la inspirada intuición, a la que participó monseñor Zammarchi, de la Fundación Giuseppe Tovini, que se constituyó Ente moral el 3 de junio de 1959. En el Estatuto se afirma que la Fundación tiene el objetivo “de contribuir a la formación de docentes y de educadores según los principios pedagógicos cristianos y el progreso de las ciencias humanas” por medio de una serie de asistencias para sostener “la preparación y la actualización de operadores en el campo educativo, escolar, cultural y social”. De esta forma Vittorino asistía al cumplimiento de su sueño, deseado desde hacía muchos años: podía admirar el fin de una institución diferente pero no separada de Editrice y dedicada al apóstol del movimiento católico de Brescia, que tenía como objetivo favorecer, de  formas diferentes, la formación y la puesta al día de estudiantes, docentes y pedagogos.
Empezaron así las primeras iniciativas de la Fundación, entre las cuales resalta claramente el Instituto Tovini por las vocaciones magistrales de los chicos pobres que se demostraban mejores: a partir de octubre 1957 cuatro chicos indigentes consigueron hospidalidad y asistencia en todas sus necesidades en la casa de cura de S. Faustino, para empezar convenientemente los estudios magistrales.

“Si, ahora, la intención es sólo formar unos grupos de maestros pedagógicamente y sobre todo apostólicamente formados, para que sean fermento y guía en la estrecha unión magistral, no falta la esperanza tanto de descubrir como de formar nuevas personas para los estudios científicos y el progreso de la pedagogía cristiana, también para alimentar con nuevas colaboraciones eficaces. Las Revistas y las múltiples actividades de “La Escuela”
(...) Entre los jóvenes más ricos de impulso apostólico el Espíritu Santo podrá hacer que  madure  la correspondencia también a una más alta consagración”.

El minúscolo internado se trasladó después al colegio “Cesare Arici” para ser por fin acogido en las habitaciones de un palacio alquilado en Plaza del Foro, donde adquirió la denominación de “Familia Emi Rinaldini”. En 1956, en Via Gambara surgió también  la “Familia Universitaria Cardinal Giulio Bevilacqua”, en principio para acoger a los estudiantes matriculados en la sede de Brescia de la Facultad de Magisterio de la Universidad Católica, que nació también por la incesante laboriosidad del Profesor que consiguió concretar las premisas de los decenios precedentes expuestas en el “Paedagogium”, primer experimento de la colaboración entre los educadores de Milán y Brescia: el 29 de noviembre 1965 la Universidad del S. Cuore empezó oficialmente la actividad académica en Brescia, y Vittorino envió al rector Franceschini algunas sugerencias para caracterizar con dignidad la ceremonia de inauguración:

“tendremos que exponer grandes imágenes de padre Gemelli y monseñor Zammarchi, que vigilarán el desarrollo futuro del Magisterio,que el Señor nos ayude a hacer convivir en los proximos años a  férvidas inteligencias comprometidas en el apostolado educativo”

En los años siguentes disminuyeron las vocaciones magistrales y se inauguraron en Brescia también otras facultades, las dos Familias abrieron sus puertas también a los estudiantes inscritos en todas las universidades de la ciudad, tanto los italianos, como los extranjeros de los países del tercer mundo, a los cuales ya Vittorino se refirió en una misiva para monseñor Zammarchi en  1955:

“una reciente llamada del Comité Internacional del Apostolado de los Laicos deja entrever por nuestra parte ineludible, el empeño a contribuir a la preparación de maestros misioneros que los Obispos piden para las escuelas  de los países de misión”

Dada esta significativa condición, que reveló la atención del fundador con respecto a las poblaciones  de los países del tercer mundo y que manifestó claramente también en las páginas de “Scuola Italiana Moderna”, no sorprende que la Fundación Tovini en 1967 ampliara con desmesura su radio geográfico de acción, gracias a un acuerdo con el Vicariato apostólico de Mogadiscio que permitió el envio a Somalia de maestros voluntarios, a los cuales siguió, en 1974, la suscripción de una sociedad también con la órden Salesiana, con su soporte de Brescia partieron algunos docentes para las escuelas de El  Cairo. El maestro, en efecto, en la visión de Chizzolini, para estar a la altura de los tiempos  tenía la obligación de participar al nuevo sentido de mundialidad y de hermandad universal, para sembrar los ideales de solidariedad, paz y justicia en los corazones de los jóvenes alumnos.
El tiempo libre de los ultimos años, el Profesor lo dedicó todo a la Fundación, a sus universitarios, para los cuales él era guía, animador, hermano. Mucho de su trabajo quiso dedicarlo a obras a favor de los minusválidos físicos y mentales, que no eran el objeto de su piedad sino de su amor: después de frecuentar los cursos en el Instituto Toniolo para la formación de los discapacitados para ellos viajó mucho, visitó escuelas, estudió metodologías de enseñanza e instituyó incluso una colección editorial dedicada a esta temática.

Vittorino Chizzolini murió en Brescia el 24 de mayo de 1984, después de veinticinco años de la redacción de su testamento espiritual, que, al juicio de quién lo conoció bién, constituye la “síntesis conmovedora de una vida”:

“Fiesta de la Asunción de Maria, 1958. Testamento.
En el nombre  y en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu  Santo. Amén.
Considero como gran privilegio, haber sido llamado, sin mérito, a colaborar en “La Scuola”, fundada por el genio apostólico de Giuseppe Tovini ye desarrollada gracias a la santidad y al prodigioso trabajo de monseñor Zammarchi.
Por mis inadecuadas dotes y por la falta de virtudes, desgraciadamente, he correspondido insuficientemente al propósito y al deber de una mejor contribución.
Que valga para redimir tal  insuficiencias el amor que ha inspirado la oferta del servicio y los sueños  que le han dado vida.Cuántos han amado y aman nuestra Institución – el corazón saltó de alegría cuando Papa Giovanni pronunció este título – miran con confianza a su futuro: sus orígenes y su historia, las finalidades que inspiran la obra pedagógica, editorial y de las iniciativas conexas le merecen el reconocimiento de cooperadora de la Iglesia en su misión educativa.
¡Cuanto consuela el adiós de un pobre obrero del pasado la visión de futuros momentos! Fiel a las directivas del Magisterio, paternamente seguido por su Obispo, “La Scuola” ahondará, ampliará su acción, con respuestas también a los más complejos servicios según los tiempos, a él que nos conduce en nombre del Divino Maestro.
Por una causa tan grande y decisiva para el futuro cristiano es gozo ofrecer la vida y la muerte”.



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